¿Por qué me siento abrumada?

Muchas personas dicen que están agotadas por todo lo que tienen que hacer, y en muchos casos eso es cierto. Hay responsabilidades reales, presiones económicas, exigencias familiares y laborales que pesan de verdad. Pero también existe otro fenómeno, más silencioso y más incómodo de reconocer: a veces no sólo estamos abrumados por la vida, a veces también colaboramos activamente en nuestra propia saturación.

Hace unos años estaba formado en la fila de la caja de un restaurante de una conocida cadena. Éramos quizá unas ocho personas. Delante de mí se encontraba una persona que claramente era el jefe de un equipo de trabajo y estaba ahí con dos de sus subordinados. Se le veía desesperado por la tardanza. En lugar de esperar, fue hasta el cajero y acordó dejarle el dinero y el ticket de la cuenta. Le dejó también los datos para que le hicieran la factura y comentó que pasaría más tarde por ella. Hasta ahí parecía una jugada de alguien muy ocupado, muy práctico, muy “eficiente”. Sin embargo, cuando terminé y salí al estacionamiento, me di cuenta de que esa persona apenas iba saliendo con su auto. Calculé entonces que le llevaría mucho más tiempo regresar, entrar al estacionamiento, recoger la factura, pagar de nuevo el estacionamiento y salir, que si simplemente hubiera esperado su turno en la fila.

La escena se quedó conmigo porque retrata algo profundamente humano: no siempre hacemos las cosas para ser más eficientes. Muchas veces las hacemos para seguir corriendo. Para seguir sintiéndonos llenos de pendientes. Para seguir habitando esa sensación de urgencia que, aunque desgasta, también resulta extrañamente familiar.

Durante mucho tiempo, conductas parecidas se interpretaban incluso en algunas especies animales como si se tratara de movimientos apresurados y casi automáticos. Pero cuando la observación se hace más precisa, aparecen razones adaptativas, objetivos concretos y una lógica detrás del aparente frenesí. En contraste, los seres humanos a veces parecemos ir de prisa sin una verdadera ganancia. Nos llenamos de tareas, respondemos mensajes que podían esperar, asumimos compromisos innecesarios, convertimos lo simple en complejo y lo urgente en permanente. No porque eso nos haga más productivos, sino porque detenernos puede confrontarnos con algo más difícil de soportar: el vacío.

Y el vacío asusta. Asusta sentarse sin pendiente inmediato. Asusta terminar todo y no saber qué hacer con uno mismo. Asusta descubrir que detrás del cansancio quizá hay tristeza, soledad, miedo, insatisfacción o una sensación profunda de falta de sentido. Para muchas personas, estar abrumadas no sólo es una consecuencia de su estilo de vida; también es una forma de no escuchar ciertas preguntas internas. Mientras haya algo que resolver, algo que correr, algo que apagar, no hay que mirar demasiado hacia adentro.

Por eso algunas personas no sólo aceptan una vida saturada, sino que la producen. Añaden tareas que no eran necesarias. Se complican procesos simples. Dicen que sí cuando podrían decir que no. Sienten culpa al descansar. Se ponen metas imposibles en tiempos absurdos. No toleran el paso lento de las cosas. Y cuando, por alguna razón, el día queda libre o el silencio aparece, sienten inquietud, incomodidad, incluso una especie de desorientación existencial.

Desde fuera esto puede parecer un problema de organización, pero muchas veces es algo más profundo. A veces se trata de un comportamiento aprendido. Quizá en la infancia andar apresurado fue premiado con elogios: “qué movido”, “qué responsable”, “qué trabajador”, “qué útil”. Y quizá ir despacio, descansar o simplemente estar fue castigado con críticas: “qué flojo”, “qué lento”, “qué desobligado”. Así, poco a poco, la persona aprende a asociar valor personal con actividad constante. No se siente valiosa por ser, sino por estar ocupada. No se siente tranquila cuando descansa, sino culpable. No se siente segura en la calma, sino amenazada por ella.

El problema es que este estilo de vida no necesariamente vuelve a la persona más eficiente. Muchas veces la vuelve más dispersa, más ansiosa, más cansada y menos presente. Vivir apurado todo el día no siempre significa avanzar más. En ocasiones sólo significa no detenerse lo suficiente como para preguntarse hacia dónde se está yendo y por qué.

Abrumarse puede llegar a convertirse en identidad. “Soy alguien muy ocupado”, “mi vida no para”, “traigo mil cosas”. Y aunque eso puede sonar importante, también puede ocultar un gran sufrimiento. Porque vivir permanentemente saturado roba disfrute, claridad y descanso mental. La vida termina sintiéndose como una carrera que nunca se gana, porque incluso cuando una tarea termina, otra debe ocupar su lugar de inmediato para que el silencio no se cuele.

Tal vez la pregunta no siempre es cuántas cosas tienes que hacer. Tal vez a veces la pregunta más importante es por qué necesitas tener tantas. Qué sentirías si hoy no corrieras. Qué aparecería dentro de ti si por un momento dejaras de llenarte de pendientes. Qué parte de tu historia te enseñó que vivir en calma era peligroso o que sólo mereces reconocimiento cuando estás agotado.

Si algo de esto resonó contigo, no lo veas como un defecto, sino como una señal importante. A veces detrás de la prisa crónica, de la saturación constante y del abrumamiento permanente hay heridas emocionales, aprendizajes antiguos y vacíos que necesitan ser comprendidos con profundidad. Tomar terapia puede ayudarte a entender por qué te cuesta tanto detenerte, por qué la calma te incomoda y cómo construir una vida con más sentido, más paz y menos necesidad de correr todo el tiempo para sentir que existes.

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